sábado, 15 de febrero de 2014

Secretos de amor




"El recuerdo es una manera de encontrarse" – Khalil Gibran




Resulta bastante divertido cuando uno se reúne con un grupo de amigos de vieja data y por alguna anécdota que surge, empiezan a aparecer revelaciones y confesiones de amores insospechados de infancia y adolescencia.  Esos íntimos secretos que manteníamos tan bien guardados o ya casi olvidados, cobran una nueva dimensión y descubrimos que todos en alguna medida hemos vivimos situaciones semejantes, porque ese historial de experiencias que tuvimos durante nuestros primeros años, constituye el inicio del camino que recorrimos para aprender a relacionarnos unos y otros y descubrir el verdadero amor.





Ya en otra oportunidad, cuando hice público "El secreto de Hugo", comencé a desempolvar esas viejas historias de mis amoríos y ahora regreso con una que otra historia más, que para muchos no debe tener el más mínimo interés, pero que sin duda, les hará recordar a ese o esos personajes de la infancia y/o adolescencia, que en su momento, nos hicieron lanzar suspiros mientras mirábamos la luna y las estrellas.





Todos experimentamos y recordamos seguramente, esa etapa de nuestra niñez en la que nos disgustaba abiertamente jugar con nuestros pares de sexo opuesto. Los niños detestaban los juegos de las niñas y visceversa. Cada grupo iba por su lado y una que otra vez, en un grupo de niños se colaba una niña a quien le gustaba participar en algunos de sus juegos. Yo fuí una de ellas. No había para mí más emoción que poder encaramarme a la tapia de la casa, o trepar por ese tronco de un viejo pino que creció durante unos cuantos años en el centro del parquecito de nuestra cuadra. También disfrutaba mucho las vueltas a Colombia con latas de gaseosa o cerveza por entre los sardineles de las calles aledañas, o las barras, cuyo juego consistía en seguir al líder del grupo, haciendo los saltos, piruetas y volantines que éste sugiriera para el grupo. Todos los juegos que implicaran destreza física, me fascinaban, aunque me dijeran y me censuraran muchas veces porque se suponía que éstos eran sólo juegos de niños. Aparte de estos momentos esporádicos en que nos juntábamos con los niños, la cercanía a ellos era rara; sin embargo, no era extraño que en esos ires y venires del colegio a la casa, o de ésta a la iglesia, o a las tiendas, inesperadamente surgiera algún muchachito o muchachita de la que quedábamos prendados.



Ensayábamos el juego del amor y de un día de "noviazgo" declarado, aunque a veces el otro ni lo supiera, al día siguiente pasábamos a considerarlo persona no grata y a romper súbitamente ese vínculo afectivo que habíamos establecido el día anterior. ¿Cuántos novios o novias secretas tuvimos? ¿Cuántas veces fuimos capaces de declarar nuestros amores?        Algunos eran más atrevidos o más valientes. Menos introvertidos, o más descarados. No sé como pudiera llamárseles. Existía además, para nosotras las niñas, casi una prohibición, porque no era frecuente, como ocurre hoy en día, que una niña hiciera una manifestación explícita de sus afectos a un niño. Ni más faltaba! hubiera dicho mi abuela. Eso de ir diciéndole al primer aparecido que le gustaba, y mucho menos preguntarle si quería que fueran novios, no era una conducta apropiada para una niña. Había además que conservar ciertas costumbres que indicaban que sólo se podía hablar de noviazgos, cuando se estuviera lo "suficientemente" grande siempre y cuando los padres lo autorizaran. Así por lo menos ocurrió en mi casa y en la de algunas de mis amigas. Había padres mucho más modernos y liberales, que no le ponían mucho problema a ésto y seguramente los hijos de ellos tuvieron menos dificultades para relacionarse como adultos.

En mi casa la ley era muy estricta. No teníamos nada que estar haciendo con los niños y si jugábamos en un espacio diferente a nuestra casa o al jardín de enfrente, tenía que ser donde estuviéramos a la vista de los adultos. Según mi papá, quien era el que ponía las reglas, sólo nos permitiría tener novio, una vez termináramos nuestros estudios universitarios!!!!! Si por él hubiera sido, nos hubiéramos quedado para "vestir santos" como se decía entonces. Tuvimos pues que ser del grupo de las transgresoras, desde que nuestro corazón y nuestras hormonas empezaron a causarnos dolores de cabeza.

Nuestro mayor "roce social" se producía en las famosas novenas bailables decembrinas, de las que ya hemos hecho historia. Así pues, esta época era muy deseada por nosotras, porque era la única ocasión en que podíamos echarnos nuestra bailoteada, pisándole los zapatos a nuestros mas diestros parejos de baile.  A pesar de tanta restricción, había algunas otras ocasiones sobre las cuales los padres no tenían mucho control y así pasaban desapercibidas esas oportunidades que se nos presentaban de ir haciendo nuestras elecciones de novios imaginarios y sentirnos halagadas u ofendidas por las aspiraciones de algunos de nuestros admiradores del momento.





Mi primer desencanto quizás, que yo recuerde, ocurrió durante unas vacaciones. Dos días después de habérsenos permitido jugar afuera de la casa, en el parquecito del frente con los niños vecinos, surgió un inesperado admirador. Yo noté que él iba y venía por el frente de mi casa como buscando algo. "Buscando lo que no se le ha perdido", hubiera dicho de nuevo la abuela. Pero no; él estaba buscando la manera de hacer posibles sus fantasías amorosas. Da risa recordarlo, pero la suya consistía en ir a pegarse de la puerta de entrada de mi casa y por entre la rendija, entonar su canción de amor: "Ojos tapatíos". Alcanzó a empezar...."No hay ojos mas lindos en la tierra mía..." cuando apareció por ahí la abuela o alguien diferente a la inspiradora de su fantasía y eso bastó para que el pobre muchachito saliera a perderse. Hizo como éste, varios intentos infructuosos y todas las veces, la "serenata" quedó en mitad de camino.  Días después, tuvo una mejor idea. Nuevamente volví a verlo merodeando los alrededores de la casa y en un momento de descuido de mi mamá o de la abuela, las únicas adultas que permanecían en la casa durante el día, ví que con movimientos rápidos se acercó a un hueco que recientemente habían hecho en un vidrio de la ventana cercana a la escalera y por allí metió un paquete que resultó ser una caja de pañuelos bordados o pintados, con una tarjetica con el nombre mío, escrito con esa letra medio ininteligible que tiene uno todavía cuando está en segundo o tercero de primaria y que a veces se queda así de por vida. No alcancé a disfrutar ni a ver en mayor detalle el presente que apenas caía en mis manos y del que a duras penas pude ver mi nombre chapuceadamente escrito, cuando sentí la mano de mi mamá que me rapaba el paquete. Ella, sin duda, se había dado cuenta de los sospechosos movimientos del pequeño galán y una vez rescató la caja de mis manos, le dio la orden a mi hermano mayor: "Vaya entréguele esto a ese muchachito (su nombre no lo menciono para no herir susceptibilidades) y dígale que sus hermanas sólo reciben regalos de su papá y su mamá. Yo quedé inmóvil con mi ilusión de tener los bonitos pañuelos, mientras observaba aún más frustrado que yo, a mi pobre aspirante a galán quien recibía la devolución de su regalito que, vaya uno a saber con cuánto esfuerzo, había preparado. Anduve por unos pocos días ilusionada con los pañuelitos, más que con mi admirador y luego olvidé casi por completo el incidente; pero descubrí a partir de entonces, que me gustaban los niños y que experimentaba cierta atracción especial por uno que otro de ellos. 




Hubo unos cuantos juegos de esos que jamás llegaron a historias de amor, pero que siempre se recuerdan con alegría como cierta ocasión que sí quedó grabada en mi memoria, quizás por la situacion misma que impidió que el final de la historia llegara de una forma menos abrupta. Todo surgió de repente, tal como concluyó. Este era un muchachito rubiecito, cari bonito de apellido Aristizábal. Su familia era paisa; con ese apellido, ¿de dónde mas podría ser? debía vivir cerca de los segundos bloques o de Monte Blanco; nunca supe a ciencia cierta cuál era su casa. Así como apareció de la nada, un día se esfumó. Era compañero de colegio de mi hermano mayor y empezó a frecuentar mi casa por el asunto de las tareas y esos pretextos que uno inventaba para verse con los amigos. Los dos eran alumnos del Parroquial. Aquello fue amor a primera vista! A mí me gustó desde el  primer día que lo ví y creo que a él le ocurrió algo semejante. Cruzamos unas pocas tímidas miradas y él empezó a ir a la casa con más frecuencia; ambos nos saludábamos sin poder evitar ese rubor que mutuamente nos delataba. Qué candor y qué inocencia la de esos tiempos!!! Después si se atrevía a preguntarme dos o tres cosas más, nuestra "amena conversación" era de inmediato interrumpida por mi hermano, que se iba con él por ahí a callejear. Nuestro "idilio" duró muy poco. Un buen día, me contó que se iba. Casi me desmayo con la noticia. Su familia lo enviaba a estudiar interno y de paso, me dió la dirección del lugar a donde iba a estar: Seminario Menor San Alberto Magno, Sonsón, Antioquia. Quizás él se iba ilusionado con que con esa información yo le escribiría, o eso fue lo que yo quise creer. No alcancé a preguntarle nada más. Se despidió de mí con una tristeza que yo percibí en su lánguida mirada y yo, con mi corazón arrugado, quedé como si me hubieran dado un baño de agua helada. Pasaron días y días de esas que para mí resultaron interminables vacaciones y todas las tardes trataba de inventar un plan para volver a verlo. Después de verme frustrada por la impotencia que la situación me producía, decidí hacerle un dibujito que copié del libro de Cuentos Pintados de Rafael Pombo; no recuerdo una jota de lo que le escribí. Era muy tímida como para hacerle declaraciones de amor, pero con las dos o tres frases que logré hilvanar, debí pretender darle una pista del destrozo que en mi corazón había ocasionado su partida. Con el escaso dinero de mis onces y en una rápida escapada a la oficina de correos, ahí en el segundo piso del primer bloque de tiendas, puse mi carta con las indicaciones que él me había dado.




Años más tarde, siendo ya adolescente, visitando a una amiguita del  colegio, pese a las prohibiciones de mi  papá, tuve un tropezón con uno de sus hermanos. Este fue otro amor a primera vista, pero en este caso, el enamoramiento fue de los suéteres! Después de ver el closet donde los mantenía muy ordenados y apilados, quedé absolutamente prendada!  Ni siquiera cruzamos tres palabras además del hola del saludo, pero inmediatamente, gracias al atractivo mencionado, me declaré enamorada. Nunca supe como fue el click de él hacia mí. Salimos a vacaciones, él siguio con su familia y yo con la mía. Yo regresé de unas vacaciones en Ibagué y empecé a intercambiar correspondencia con una prima con quien nuestras confesiones de amores prohibidos habían empezado a fluír. Un buen día, mi papá detectó la correspondencia secreta que yo mantenía bien escondida en el fondo de la maleta y mi "amor secreto" se hizo vox populi. Mi papá furibundo me sentó en confesión y tuve que mentirle, obviamente y asegurarle que era un invento para impresionar a mi prima y que yo no tenía novio, ni conocía a ningun niño llamado Fulano. En parte mi mentira era verdad. Yo no conocía nada de este muchachito, excepto que era el hermano de mi amiguita del colegio, que usaba suéteres lindos y que estudiaba en el mismo colegio donde estudiaba mi hermano mayor. Jamás volvimos a vernos, pero entre su hermana y su prima que actuaron como celestinas para llevar y traer una correspondencia de noticas de amor semana tras semana, este extraño romance se prolongó por el resto del año escolar. 



A través de estos juegos inocentes poco a poco íbamos iniciándonos en el mundo de las relaciones interpersonales y aprendiendo a reconocer nuestras propias emociones. Cuándo llegaría el verdadero amor? Y qué era entonces el amor? No lo sabíamos a ciencia cierta. Nuestras hormonas y nuestros cuerpos iban cambiando día por día y de la misma manera ibamos experimentando sensaciones y emociones que para uno eran difíciles de digerir en aquellas épocas. Hasta que llegó el amor a mi vida!!!  Ya había escuchado decir a algunas de mis compañeras de colegio que habían encontrado al amor de sus vidas…y yo qué? El mío no aparecía. Hasta que el día llegó una tarde cualquiera, cuando a través de la ventana abierta del segundo piso de mi casa, repentinamente cayó una caja de fósforos que parecía vacía. Había alcanzado a ver quien la lanzaba, pero desconocía los motivos. En estos tiempos, se habrían podido tejer siniestras especulaciones alrededor del contenido de la caja, pero no en aquel entonces; dentro de ella venía una pequeña nota con una declaración de amor!!! Una vez leí el mensaje, supe que quien la había lanzado, no era el remitente sino un simple intermediario y era evidente que el emisario realizando su labor de inteligencia paso a paso, se había percatado de mi presencia cerca de la ventana y esperaba que fuera yo quien la recogiera, como efectivamente sucedió. Sin pensarlo dos veces, dí respuesta inmediata, un simple sí, con el que daba por identificado al amor que por fín tocaba las puertas de mi corazón. Aquel fue un amor hermoso y aunque todavía infantil, estuvo lleno de gratos recuerdos y de momentos que no se pueden olvidar. Como olvidar por ejemplo, esas largas noches de espera aguardando somnolienta a que mis padres se durmieran y que mi hermana, con quien compartía habitación  también cayera profunda en brazos de Morfeo, para poder abrir sigilosamente la ventana de nuestro cuarto, cerca de la medianoche, cuando mi noviecito regresaba de sus clases y andanzas nocturnas; un silbido suyo era la señal inequívoca y yo saltaba a la ventana entreabierta para dejar caer lentamente una cuerda a la que iba atada una notica llena de unas cuantas frases empalagadas de promesas de amor eterno que yo le escribía en las tardes, y esperaba la correspondiente respuesta suya. El se marchaba luego para su casa y yo quedaba con el corazón henchido de amor después de leer sus notas. Esos momentos y esas emociones que los acompañaban, me animaban a levantarme al día siguiente, para ir al colegio a soportar las tediosas clases de cálculo, física, química y demás asignaturas e inspirarme no sólo en la escritura de las nuevas notas, sino para diseñar las estrategias para evadir la autoridad paterna y poder verme con él aunque fuera unos minutos diarios antes de que entrara a su colegio y yo saliera del mío. Así mismo planeaba los encuentros de fín de semana sin que mis padres sospecharan de mis voluntarias y prestas salidas a misa. Como olvidar los esfuerzos para hacerme a unos pocos pesos con los cuales sufragar el costo de mi regalo para su cumpleaños, o el del día del amor y la amistad reuniendo centavos de mis onces, o inventando trampas para aumentar el precio de algún texto que había que comprar, o alguna cuota extraordinaria en el colegio. Si de las 24 horas del día, las 16 o más de la vigilia eran ocupadas en toda clase de pensamientos idílicos, cómo no iba a llamársele a aquello verdadero amor??? 




Fue con el pasar de los años que comprendí que en realidad esos primeros amores habían sido tan auténticos y verdaderos como otros que se experimentaron en la adultez, aunque con muchos más ingredientes y que todas esas memorias conformaban un caudal de recuerdos afectivos que ahora en esta tercera edad, se convierten en tesoros invaluables de la infancia que me complace compartir con ustedes mis amigos, en un intento por prolongarles la vida un poco más allá de mis recuerdos…

domingo, 8 de diciembre de 2013

Del tranvía al ciclotaxi


 
 

Mucha agua ha corrido bajo el puente, como dicen por ahí, desde cuando los primeros buses de transporte público hicieron su aparición por las calles de Muzú hasta el día de hoy. Han transcurrido seis décadas desde su fundación y así como han ido emigrando y llegando nuevos habitantes en este lapso de tiempo, y como la arquitectura original del barrio se ha ido modificando, también el transporte público ha sufrido sus transformaciones.   


Si miramos hacia el pasado, como lo hemos hecho antes, en los primeros años después de su fundación, podremos recordar a Muzú como una isla creciente en medio de esos terrenos casi baldíos y semidesérticos del sur de la capital, donde uno se sentía viviendo como en un pueblito campestre, rodeado de lagunas, potreros y humedales. Las pocas familias que tenían un vehículo particular se podían contar con la mano y las rutas de transporte público que empezaban a circular por las principales vías del barrio eran bien pocas. La gente iba y volvía de sus trabajos y nadie se quejaba; parecía que el tiempo alcanzaba más por aquel entonces, a pesar de que todo estaba más fuera del alcance de la mano y se respiraba una vitalidad donde no cabía el cansancio, quizás porque sus habitantes eran en su mayoría parejas jóvenes empezando a formar sus familias, y poco a poco fueron haciéndose más y más numerosas. Por las vias intermedias se podía circular tranquilamente en bicicleta, patineta o patines, jugar golosa y cualquier otra clase de juego, sin el gran temor a ser atropellados por un carro. Muchos de nosotros tuvimos participación en esas carreras de carros esferados, y otros tantos, también recorrieron con sus llantas y aros calle a calle del barrio, sin otro temor que el de ser pillados por los papás en el lugar y hora  equivocados. De cuando en cuando se veían circular las zorras que repartían el carbón o la tierra negra para arreglar los jardines y hasta hubo algunos que lograban “colincharse” a uno de esos medios de tracción animal para darse una paseadita en zorra. Igualmente, colarse en los buses de transporte público, aunque era una aventura a la que no muchos se arriesgaban, era una pilatuna de muchachos, que por suerte no dejó graves consecuencias ni malos recuerdos, más que una u otra paliza por parte de sus progenitores, a quienes se dejaban pillar en acción. Hubo hasta ocasiones en las que tuvimos oportunidad de cabalgar; si señores, de cabalgar en burro o caballo por las calles y parques del barrio, gracias a las audacias de nuestros hermanos o amigos, que mágicamente aparecían con uno de estos animales y que se hacían sus propietarios por un par de horas, antes de que sus verdaderos dueños, dieran con el sitio donde se hallaban sus animales.

Foto cortesia de Juan Manuel Naranjo Velez
Nadie hablaba de trancones y en el barrio había un único semáforo, el de la entrada, que desde entonces da la bienvenida a los habitantes y visitantes del barrio, justo cerca de donde quedaba el primer paradero de buses. Un par de cuadras más adelante quedaba el siguiente y la gente estaba acostumbrada a respetar esos puntos de dejada y recogida de pasajeros. Con el crecimiento de la ciudad, así como fueron perdiéndose otros valores, se fue perdiendo también la civilidad y el respeto por las normas establecidas y los paraderos fueron desapareciendo. Después, cada quien corría, sacaba la mano en cualquier parte y si al chofer, en su guerra por el centavo le convenía, paraba súbitamente para recoger a quien le parecía. Fue volviéndose caótica toda la ciudad, casi sin que nos diéramos cuenta.
Tranvía Bogotano
En esos años, recibir una visita de un pariente que vivía en el otro extremo de la ciudad, causaba júbilo y era un acontecimiento que quedaba registrado en las estadísticas sociales de cada familia. Había que llegar en taxi, que siempre fue costoso, en carro particular, o en alguno de esos pocos buses que llegaban hasta el barrio.
La llegada desde el centro, se hacía tomando la Calle 1a, por donde quedaba el Hospital de la Hortúa y de allí, pasando por los barrios Eduardo Santos, Centenario, Olaya Herrera y Restrepo, iba saliendo hasta la autopista, pasaba por el Cementerio del Sur y Matatigres y cuando en la lejanía uno vislumbraba la bandera de la General Santander, sentía un gran alivio, porque sabía que por fín había llegado. Ese era el recorrido que tenían que hacer nuestros padres si trabajaban por la zona del centro. Después se construyó la carrera 30 que cambió por completo la vida del sur de la ciudad y se agilizó el tráfico existente.
Las principales vías del barrio eran la autopista misma y la que llamábamos la Avenida (carrera 46), que atravesaba el barrio desde el semáforo en la entrada hasta el Monteblanco, colindando con el Alcalá. La Autopista Sur era la salida que tenía Bogotá hacia las afueras de la ciudad. Bosa y Soacha, eran paupérrimos municipios que quedaban en los extramuros de la ciudad y que después se convirtieron en barrios anexados a la gran urbe.

 
De esta manera, las rutas que existían en esa época inicial, eran las que llegaban y entraban al barrio por la Avenida o carrera 46, con final de ruta en el Monteblanco, para los buses municipales que venían desde la Ciudad Universitaria; los azules de Sidauto tenían su paradero en los cuartos bloques y había una ruta más de buses blancos, que tenía su paradero en el Alcalá y que de regreso, a su paso por el barrio, traían su correspondiente aviso que informaba el destino final y una idea de la ruta: Centro- Cementerio-Samper Mendoza. Por la autopista existía la ruta 8 de Sidauto que salía desde las Delicias y que llegaba hasta el barrio Gaitán en el norte de la ciudad. Además transitaban por allí los buses de transporte intermunicipal que llegaban hasta el Muña y Sibaté o los Bolivariano y Flota Magdalena que salían por allí hacia el suroccidente del país; sus estaciones quedaban en el centro en los alrededores de la Plaza de los Mártires, por donde después, fue quedando espacio al sector de la famosa Calle del Cartucho cuando las estaciones de transporte intermunicipal fueron trasladadas a la Estación de la Sabana, cerca de los Ferrocarriles Nacionales. Años más tarde, estas terminales  de los buses intermunicipales también se trasladarian de allí cuando se construyó la terminal de transporte que conocemos hoy en día.

De esta manera, la ciudad que hasta los años del Bogotazo, aún siendo capital del país, se había mantenido casi fiel a las costumbres y tradiciones del siglo anterior, fue transformándose con la llegada de gentes provenientes de todos los rincones del país que venían en busca de mejores oportunidades, desplazados de sus tierras durante los años de violencia de esa época. Todas estas familias que arribaron a la capital por motivos de orden político y social, hicieron que la ciudad se viera forzada a atender las nuevas necesidades de vivienda y fuera cediendo paso a la modernidad. Bogotá fue convirtiéndose así, en el Distrito Especial, que poco a poco, fue anexando municipios aledaños; Muzú, ese barrio tan retirado en la geografía de la ciudad, fue integrándose a esos sectores de crecimiento popular que se dieron como parte del cambio que daba la capital y  lentamente el sur y el norte fueron definiendo su crecimiento y estratificación.


 

Durante la primera década de existencia del barrio, los llamados municipales, eran para la época, modernos y lujosos buses Pegaso, que llegaban hasta la ciudad universitaria. Sus choferes trabajaban perfectamente uniformados y eran bastante corteses con los pasajeros que a diario transportaban por una módica tarifa de $0.10. La pérdida para el barrio y sus habitantes fue grande, cuando por esos manejos irregulares de los gobiernos de turno, que todos conocemos, estos buses dejaron de circular y la flota de buses más bonitos y modernos que teníamos, sabrá Dios a donde fue a parar. Ellos habían sido parientes cercanos de los trolleys eléctricos que también circularon por algunas partes de la ciudad y la flotilla que sucedió al tranvía que tuvo vida durante el siglo XIX y primera mitad del siglo XX.

 
 
Cuando la ciudad se extendió y el barrio quedó rodeado de nuevas urbanizaciones, hubo necesidad grande de crear rutas nuevas de transporte público y por los setentas, aparecieron las busetas y colectivos. Una nueva ruta de busetas tuvo su terminal en el que en la década anterior había sido paradero de los municipales. Esta buseta atravesaba la ciudad y tenía su otro paradero en el norte, en el barrio Los Andes, al lado de Rionegro. La construcción de la Avenida 50 primero, y de la 68 en los años del famoso Congreso Eucarístico, permitieron la circulación de nuevas rutas de transporte y durante las siguientes décadas más y más rutas de transporte público se crearon hasta llegar a la era del transmilenio y Muzú una vez más se integró al cambio. La entrada del barrio se convirtió en una estación del transmilenio y ahora, con la llegada del último reporte gráfico que recibimos de Mauricio López, nuestro querido corresponsal, quienes hemos vivido lejos del barrio por muchos años, nos enteramos con sorpresa que, como él lo decía, podríamos confundirnos pensando que esas calles son las de Shangai. El ciclotaxi, esta nueva modalidad de transporte que para los actuales habitantes del barrio y de Bogotá son parte de la cotidianidad, no dejan de sorprender a los incautos que, como yo, hemos permanecido lejos del país por largo tiempo. En un lapso relativamente corto, hemos pasado del tranvía, al ciclotaxi.

Foto cortesia de Mauricio Lopez

Foto cortesia de Mauricio Lopez

 


 

 



sábado, 26 de octubre de 2013

El fantasma del Rex... (Tarro o Bachué)

                  
 
Serrat -  Los fantasmas del Roxy
 

 
"Cuando me voy de los lugares donde amé,
las valijas pesan demás;
se llenan de desayunos y de atardeceres
de carcajadas, de lágrimas, acordes y poemas
y de tantas cosas que no volveremos a vivir". 
("Del Amor y de la Mar", de Alvaro Trejo) 


Un comentario de alguno de los miembros de nuestra comunidad muzulmana, una vieja canción de Serrat y el anuncio de una exposición en Bogotá hace cierto tiempo, me hicieron pensar que era hora de rendirle un tributo especial a nuestro recordado Teatro Bachué o Rex, como se le llamó posteriormente, hoy ya desaparecido y convertido en uno de esos fantasmas que rondan las noches del barrio y nuestras memorias de infancia y juventud.

Hay un colectivo de artistas plásticos que decidió recuperar partes de lo que fueron algunos de los primeros cines famosos de Bogotá, y recientemente inauguraron una exposición en el Planetario Distrital, con algunas de las sillas, telones y hasta partes de paredes de los que en otrora fueron esos centros de recreación de la capital. Nosotros no tenemos manera de recuperar del Bachué, El Tarro o el Rex, más que sus recuerdos y ahora nos hemos propuesto desempolvar parte de ellos, para desandar esas ocasiones en las cuales, con pocos pesos y algunos amigos o hermanos, podíamos atravesar el barrio a pie o en bus, para llegar a los límites con el Alcalá, sólo para ver por poco precio, una o dos películas inolvidables.

El Bachué, para llamarlo por su nombre original, nos dejó muchos recuerdos. No podemos compararlo nunca, ni aún queriendo idealizar su imagen, con famosas salas de cine modernas como algunas de Malasia, Australia u otros lugares del planeta, donde los asistentes a sus funciones disfrutan de cómodos sofás, degustan exquisitos vinos y canapés, mientras ven una película. Ni siquiera podríamos compararlos con aquellos teatros famosos de la antígua Bogotá, esos que presenciaron el tránsito de nuestra capital de los finales del siglo XIX al XX y la llegada de la modernidad. Muchas de esas antíguas salas fueron construídas entre 1898 y 1907, años en los que llegó el cine a nuestro país. Tampoco podemos equipararlo con los que se  construyeron  décadas  después y que por sus fachadas con detalles en yeso y finos acabados, fueron verdaderas reliquias arquitectónicas. Nuestro Bachué, no cabía en ninguna de esas categorías. Cuando se construyó entonces el Bachué? En realidad no lo sabemos todavía. En mis recuerdos y quizá en los de muchos de nosotros, existió siempre y fue sólo hace algunos años que supe que había cambiado su nombre original, convirtiéndose en Rex y finalmente me enteré de su desaparición. Aunque no tenemos información sobre la historia del Bachué podemos imaginarla si recorremos algo de lo que fueron los comienzos de la cinematografía en Bogotá.
 
Teatro Faenza (1924)
 

Antes de la aparición de las primeras salas de cine, existieron en la ciudad carpas, muros, lotes, terrazas de edificios y salones grandes que eran adaptados para presentar las “vistas”; luego aparecieron teatros como el Municipal y el Parque de los Hermanos Reyes, que realizaron las primeras exhibiciones de vistas y películas en 1907. En Muzú, y ya en plena mitad del siglo XX, podemos recordar que en el barrio hubo presentaciones similares en lugares como el antíguo Colegio Parroquial, el parqueadero que había al lado de la cuadra de la familia Sáchica, o al lado de la casa de los Gracia (Salón de Belleza Jacqueline).
 
 

En las décadas siguientes a las primeras exhibiciones en 1907, fueron apareciendo muchos teatros en Bogotá especialmente en la zona del Centro, donde tuvieron mucho éxito algunos como el Olimpia, Apolo, Moderno Bogotá, Cuba, Nariño, y Cine Real entre los primeros y muchos de ellos actualmente demolidos. Hubo otros más como El Cid, Atlas, Novedades, Lido, Azteca, México, Embajador , La Carrera, Tisquesusa y más nombres como Odeón, Alameda, Atenas, Hogar, San Jorge, Alcalá (1946) hoy Superintendencia Financiera de Colombia, El Dorado, Metropol, Caracas, Faenza y tantos más de los cuales algunos escaparon a la demolición y son conservados como patrimonio arquitectónico de la ciudad. Existió inclusive, un teatro Rex, llamado igual que el Bachué cuando cambió su nombre, y que fue demolido en 1938. En realidad, los cines y teatros tuvieron una vida bastante activa durante las décadas del 50 al 70, pero posteriormente, muchos de ellos fueron desapareciendo con la construcción de modernas salas de cine en los centros comerciales.

A pesar de todas las comodidades y ventajas que pudieron haber tenido las salas de cine y teatros de la ciudad, nuestro querido Tarro, presentaba unas características que lo hacían realmente especial, como lo recuerda María Trujillo en alguno de los comentarios que se han hecho a propósito del tema.

“Recuerdo que ir al tarro en ese entonces, era todo un paseo de olla. Los papás nos llenaban de talegos de papel con papas, plátanos fritos y maíz porva. Recuerdo que la entrada era a $2.50 y el pasaje en bus de la Nueva Cooperativa de Buses Azules costaba $ 0.75 y el municipal $0. 50.”
 
 
 

Para mí, la historia comienza entre los años 50 y 60, década en la que llegaron los primeros residentes del barrio. Igual que en casi todos los teatros, nuestro Tarro, presentaba las famosas funciones que empezaban con el matinal a eso de las 11 de la mañana, le seguía el matiné a las 3 p.m, la vespertina a las 6 y la última, la función nocturna a las 9 de la noche. Las películas que presentaban no eran exactamente estrenos, como se llamaba a las que había en cartelera en los teatros de cierta categoría. En el Tarro, se exhibía una cantidad de cintas que uno no tenía idea de donde provenían. Igualmente un domingo podían presentar películas con temas tomados de la historia sagrada y a la semana siguiente, o en la función vespertina, El Santo contra las Momias, Santo contra Fantomas, Blue Demon y el Enmascarado de Plata, o titulares por el estilo. Sansón y Dalila, por cierto, fue una de esas películas basadas en pasajes bíblicos que pude ver y en la que, después de apreciar todos los atributos morales y físicos que exhibía Sansón, a mis diez años, quedé perdidamente enamorada de este héroe sagrado. Deben ser muy pocos los muzulmanes que se perdieron esa inolvidable experiencia de asistir a alguna de esas funciones matutinas, vespertinas o nocturnas, porque si no lo hicieron durante su infancia, es muy probable que en una de esas capadas de colegio en el bachillerato, siendo ya adolescentes, hubieran terminado si no en el Florangel echándose una partidita de billar, viendo uno de esos dobles de lucha libre que los dejaban tan impactados. Cuentan las malas lenguas, que incluso había algunos que eran capaces de llevarse a hurtadillas los bombillos de la casa o del vecindario, para sobornar al portero del teatro y poder disfrutar alguna de esas peliculazas que fueron parte del repertorio de los cineastas muzulmanes.
 
 
 
 
 
El Bachué por dentro, lo recordamos quienes alguna vez lo visitamos, no tenía lujos, ni ofrecía grandes comodidades o condiciones visuales y acústicas especiales. Tenía la luneta en el primer piso y el palco en el segundo, para quienes lograban acceso por una tarifa un poco más alta. La silletería era de madera pulida y lacada. Muchas historias deben tener que contar mis amigos sobre este teatro. Las anécdotas irán apareciendo poco a poco. Cuentan algunos de sus asiduos visitantes, que estando en el primer piso, desde el palco le podían llover desde colillas de cigarrillo en adelante. Ir al Tarro representaba sus riesgos, pero aún así, cumplía con su función de entretenernos y dejar grandes recuerdos; a pesar de quedar en el límite con el Alcalá, se sentía en los predios nuestros. Era, a mucho honor, el teatro del barrio.

En mi casa no había dinero suficiente para sostener frecuentes idas a cine para tantos muchachitos como éramos, pero recuerdo en particular una ocasión, en que mi papá nos dió dinero para ir a cine, asumiendo que iríamos al Teatro Colombia en el Centro; el presupuesto incluía lo de los buses y uno que otro centavo para alguna chuchería dentro del teatro. Saliendo de la casa, a mi hermano mayor, se le ocurrió una atractiva idea que, sin pensarlo dos veces, nos convenció. Si en cambio de ir hasta el Centro, nos quedábamos en el Tarro, nos ahorrábamos lo de los buses, veíamos una película por un menor precio, y nos quedaba mas plata para llenarnos de golosinas. Recuerdo que a la salida del cine, por primera vez probé la famosa forcha, que para mi gusto, era tan deliciosa como cualquier cono de helado mas costoso. Tuvimos para dar y convidar seguramente, y al final, el autor intelectual pudo hasta invitar a un amigo suyo y tengo la sospecha de que debió quedarse con uno que otro centavo en el bolsillo.

Muchos pueden confirmar lo hasta aquí dicho y agregar más comentarios como éstos:

Edgar Orlando Rondón Cabas : Compré en el Baratillo y asistí al Tarro (Teatro Bachué) a ver a Blue Demon y el Santo.

María Trujillo: Increíble toda la experiencia de este gran vecino de nuestro bello barrio Muzú; ya que nombras el teatro, acordémonos cuando las mamás iban a cine y debajo de la ruana nos entraban para no pagar boleta, muchas lo hicieron, jajajajaja, anécdotas muy bonitas; además, el administrador del teatro ya conocía mucho a los vecinos de Muzú, sabía cuales eran, y a veces aunque se daba cuenta, no decía nada.

Marga Villate: Me hiciste acordar… jajaja… mi mamá también contaba esa anécdota.

Concluímos esta crónica, como lo dijimos al comienzo, intentando recordar ese rincón del barrio que ya no existe y que sólo sigue presente en la memoria de quienes lo conocimos, como si fuera el fantasma del Rex rondando ahora nuestros días de nostalgia por ese pasado felíz que quedó ya tan atrás.


Nuevos comentarios

Myriam Díaz : Creo que vimos una de David y Goliat. David fue también uno de mis superhéroes y enamorados, igual que Sansón.

Guillermo Gomez: Yo fuí uno de esos asiduos visitantes del tarro. Recuerdo haber canjeado la entrada por un par de bombillos más de una vez. Siempre eran bien recibidos, pues algunos de los distinguidos asistentes se los robaban o los rompían a grapazos.Tanto que después, decidieron protegerlos con unas mallas de alambre que iban atornilladas a las rosetas. También recuerdo gratamente haber visto en el Tarro la primera película de los Beatles, como dos años después de su estreno en alguno de los famosos cines del centro de Bogotá.

Otra película "clásica" que recuerdo es una mejicana de suspenso que trataba de una banda de ladrones de cadáveres. Un vendedor de periódicos decía en la película a voz en cuello (acento mejicano) "SIIIIIGUEN DESAPRECIEEEENDO CADAVEEEEERES DEEEEL CEMENTEEEERIO DE SAN FELIIIPEEEEEEE!!!". Fue tanto el susto que me produjo que todavía lo tengo grabado en mi cabeza como si fuera ayer.

Una anécdota divertida fue en otra clásica de charros mejicanos con Luis Aguilar. Estando en la película en una pelea de gallos se reventó la cinta, como era usual, y comenzó la rechifla en el teatro. Coincidencialmente, cuando restablecieron la película, aparecía el árbitro de la pelea diciendo: "SILENCIOOOOO SEÑORES. HAGAN SUS APUESTASSSSS!!!" Y todos los espectadores nos totiamos de la risa.

Y por favor, no me pregunten por las clases de artmética y geografía pues yo estaba muy ocupado en el Tarro o en los billares del Florangel.

Betty Sotelo: Que maravilla de paseo por nuestro pasado, que con el impecable y bello relato que sólo lo sabe hacer Conny , me trasporté y reviví también esos inolvidables momentos en el "tarro". Recuerdo haber visto una película con la española Marisol y Rocío Durcal, siendo unas adolescentes.