lunes, 1 de diciembre de 2014

El ciclismo muzulmán

"La vida es como montar en bicicleta. Para mantener el equilibro hay que seguir pedaleando". Albert Einstein



      Cortesía de Luis Miguel Estrada

Cuando decidí empezar a escribir un poco sobre el ciclismo en el barrio, ese deporte que como otros, genera tanta pasión, tuve que remitirme un poco a la historia de la bicicleta, para entender mejor porqué este artefacto de propulsión humana, además de ser tan útil, resulta tan atractivo no solo para quienes practican este deporte y para quienes sentimos admiración por el mismo, sino también para casi todos los seres humanos.
La historia nos cuenta sobre la evolución de la bicicleta desde tiempos remotos en China, Egipto y diversos lugares a donde se remontaría el origen de los primeros carruajes, pero fue finalmente en Escocia donde se creó y se patentó la primera bicicleta de pedales, como la que conocemos hoy en día.
¿Que pasaría por la cabeza de ese herrero escocés, Kirk Patrick Macmillan, quien en 1839 creó la primera bicicleta con pedales de la que se tenga conocimiento?  ¿Cuántas fantasías cabrían en esa mente inquieta mientras se dedicaba a su oficio para generar, seguramente, el sustento para él y su familia? ¿Imaginaría este personaje siquiera que el resultado de sus inquietudes quedaría como herencia para toda la humanidad? Esto me llevó a reflexionar sobre la influencia que tiene lo que hacemos a lo largo de nuestra vida en el resto de seres humanos con quienes tenemos algún contacto desde que nacemos. Quizás no todos tengamos ese toque de genialidad para lograr inventos que transformen tanto la vida, pero si estoy segura de que nuestras acciones impactan mucho la de otros seres humanos, muchas veces anónimos, sin que nosotros logremos siquiera percibirlo. ¿Acaso Efraín "El  Zipa" Forero, Ramón Hoyos Vallejo (primer escarabajo fallecido recientemente el 19 de noviembre de este año), Roberto "Pajarito" Buitrago, Martín Emilio "Cochise" Rodríguez, Patrocinio Jiménez, Rafael Antonio Niño, Lucho Herrera, Fabio Parra para mencionar solo unos pocos de los más veteranos, tendrán alguna idea de cuántos niños y jóvenes motivaron con sus actuaciones, con sus ejemplos de esfuerzo y superación? La lista de los que figuran en la historia del deporte nacional y que tantas alegrías nos dieron en su momento, como ocurre ahora con la nueva generación de escarabajos que compiten en los grandes escenarios europeos, dejando en alto el nombre del país y llenándonos de orgullo a todos los colombianos es larga, pero más aún, la de todos esos muchachos anónimos que crecieron con el sueño de ser ciclistas y que todavía hoy en día, siguen aferrados al amor por la bicicleta ...
Conozco a algunos de ellos; es a quienes dedico esta crónica y a quienes debo recurrir al mismo tiempo, para que me ayuden a completar la historia sobre lo que fue el ciclismo en nuestro Muzú de antaño. 



Ramón Hoyos al centro y Benicio Estrada izquierda.
Cortesía de Luis Miguel Estrada

Seguramente hay quienes mantengan en su memoria recuerdos mas frescos y precisos que los míos, que son sólo los de una niña algo brincona, que se interesaba mucho mas por las actividades al aire libre y especialmente las que podían realizar los niños. Pura envidia, debo reconocerlo! Ya anteriormente había mencionado que eso de inventar cocinados en ollitas y estufas de juguete y hacer de mamá de muñecas tiesas e inexpresivas, no se me daba mucho. Era lo propio de mi género, pero era mucho mas amiga de la aventura, del ejercicio físico, de ahí que disfruté mucho mi triciclo por algún tiempo y después viví con la idea obsesiva de encaramarme en una bicicleta, aunque fuera prestada y echarme a andar por las casi desoladas calles del barrio por aquel entonces. No eran muchos los niños que podían tener una bicicleta. Había que tener un hermano mayor que la tuviera, o gozar de influencias con algún vecino que estuviera dispuesto a prestarla, o que dispusiéramos de un dinerito (poco probable) para poder sacar una alquilada en los primeros bloques de tiendas, en el taller del señor Peña, más conocido como "Caregarra" 


Primeras escapadas en triciclo
Por esa época se remontan mis primeros recuerdos. Corría por ahí el año 59-60. Nunca podré olvidar la tarde en que por fín tuve el placer de concretar mi sueño. La verdad no recuerdo si la bicicleta era de mi hermano, pero lo cierto es que era prestada. Finalmente pude montarme, sostener el equilibrio, pedalear por un par de cuadras y parar antes de irme de bruces contra el sardinel, en el difícil intento de girar sin tener que bajarme de los pedales. Paré, le dí la vuelta a la bici y me devolví triunfante!!! Lo había logrado....De ahí en adelante, cualquier chance que tuviera de sonsacar prestada la "bicicleta de la cuadra" no era desaprovechada. Mis incursiones fueron prosperando y llegó finalmente el día en que escapada, pude dar la vuelta saliendo de mi casa en la Calle 42 con la 47 A, hasta el Banco Popular, doblando hacia la esquina del semáforo, donde estaba la casa de los Gómez, darme mi vuelta olímpicamente por toda la avenida y regresar de nuevo a mi casa, donde el dueño de la bicicleta y los demás vecinos que esperaban su turno, protestaban y amenazaban con que no me la iban a volver a prestar por tramposa y haberme fugado.



Ciclismo femenino por los caminos de Muzu
Cortesia de Luis Miguel Estrada
El furor que causaba el poder montar en una bicicleta era muy grande. Tengo que escribir la historia de una amiga que me confesaba un día rememorando anécdotas de la infancia, que ella después de muchos esfuerzos, logró reunir la platica para poder sacar donde "Caregarra" una bicicletica alquilada por una hora, aún sin haberse subido a una por primera vez. Pagó el  alquiler, la recibió y sin saber cómo hacer, se la llevó caminando medio avergonzada, porque sabía que era peor encaramarse en la bicicleta e irse de nariz ante la mirada de los curiosos que había en el taller. Pasada la hora, y después de uno que otro intento y lejos de la mirada de los testigos del que parecía un inminente fracaso, finalmente logró su cometido.
Otro recuerdo que tengo con un final nada feliz, ocurrió un domingo en la tarde cuando yo, aprovechando que en la casa había visita de una tía que venía ocasionalmente, me salí con la bicicleta de la casa a montar por ahí al frente, sin ningún espíritu aventurero, mas bien sacándole el cuerpo a la visita; mi hermano menor, que en ese tiempo tendría unos 3-4 años, me pidió que le diera una vueltica. Yo como buena hermana, lo subí a la barra y le dí un par de vueltas, con tan mala suerte que cuando lo traía de regreso, el mocoso metió la pata entre los radios de la rueda delantera y en un santiamén la bici nos dio una vuelta que yo sentí como triple. Caí raspada y lastimada, pero el muchachito quedó con su patica enredada en la rueda y llorando, mientras mi papá, que desde la ventana observaba en cámara lenta la situación, pegó el carrerón, rescató a mi hermano, lo trajo para la casa, donde lo calmaron, lo consintieron y en medio de la visita, a mi me dio soberana paliza. Esto me pasa por lambona, me decía entre mí. Fue una injusta paliza que nunca pude olvidar. No obstante, mi gusto por la bicicleta jamás disminuyó; por el contrario, estoy segura de que si en esa época hubiera habido ciclismo femenino, sin duda alguna, yo habría sido una ferviente practicante. Cómo no contagiarse si cada año, la llegada de la Vuelta a Colombia era un acontecimiento de multitudes y por ende, uno de los programas que esperábamos con gran interés. De hecho, la vuelta del año 51, cuando recientemente se había inaugurado el barrio, tuvo como lugar de llegada la Escuela General Santander.


Las más importantes emisoras, desde sus transmóviles narraban día a díla etapa correspondiente, desde la salida hasta la llegada. Los locutores con su original estilo, se encargaban de transmitir no sólo los emocionantes detalles de cada carrera, sino toda la pasión que ellos mismos sentían, convirtiéndose cada llegada y sobretodo la última etapa, en una clase de histeria colectiva de la que grandes y chicos participábamos. 




Familia Díaz esperando la llegada de la Vuelta a Colombia
 frente a la General Santander.

Nosotros en casa esperábamos escuchando la transmisión hasta cuando decían que el líder, generalmente en alguna fuga espectacular, venía por el Muña; ese era el momento en que todos nos movilizábamos... era la hora de salir hacia la Autopista Sur, para ubicarnos en un buen sitio para ver el paso de los ciclistas. La familia entera, incluyendo los perros, salíamos a esperar el gran acontecimiento, gritando y animando el paso de todos los ciclistas que venían con una comitiva que encabezaban los motociclistas que con sus sirenas y luces iban abriendo paso, evitando que transeúntes imprudentes ocuparan la vía, obstruyendo el paso a los ciclistas que venían detrás. Luego entre lotes y lotes de corredores, se ubicaban los carros acompañantes y los transmóviles. Aquello era un verdadero espectáculo. Recuerdo en particular un duelo entre Roberto Pajarito Buitrago y Cochise en la llegada ...Yo, fanática declarada, por no decir que enamorada, porque la enamorada era Myriam, mi hermana, resulté muy frustrada, cuando Pajarito consiguió hacerse al puesto uno en el podio y mi pobre Cochise, tras una destacadísima actuación, quedó de segundo. Si él supiera cuánto me hizo gozar y sufrir....
Hay miles de historias y anécdotas que seguramente cada uno de mis amigos podría narrar sobre estas incursiones en el mundo del ciclismo. Antes de darle el turno a quienes tienen historias más interesantes, no quiero quedarme sin contar una de las más locas aventuras que terminaron felizmente, pero que hubiera podido concluír en doble tragedia familiar. La protagonizaron dos desatornillados: mi hermano Roberto y Memo Gómez, cuando decidieron irse de paseo a Melgar o Girardot en la bicicletica turismera de Roberto. La aventura de por sí ya era descabellada. Dos muchachitos encaramados en una insignificante cicla? Pero lo peor era que uno la manejaba y el otro iba en los manubrios y con la bicicleta sin frenos!! Subiendo y bajando por el Alto de San Miguel y el Boquerón....No me pregunten como llegó la suela de los zapatos del que frenaba, ni tampoco me pregunten a qué Vírgen o a qué Santos, Doña Lolita y mi mamá encomendaban a sus angelitos constantemente...

A continuación, presento a ustedes las respuestas a un cuestionario que elaboré a modo de sondeo, y que uno de los fanáticos más grandes que conozco, mi propio hermano Henry, se tomó el trabajo de responder y algunos comentarios adicionales de quienes quisieron hacer algún aporte al tema. Gracias también a Rubén Marulanda y a Luis Miguel Estrada, quienes nos facilitaron algunas de estas fotos. A todos ellos, de antemano, mil gracias!!!

Ruben Marulanda


Cuestionario

1. Cómo recuerdas tu primera experiencia ciclística y a que edad ocurrió?

Mi primera experiencia ciclística creo que fué apostando carreras en triciclo; hacíamos de cuenta que la vuelta alrededor del frente de nuestra cuadra era como una pista de carreras; no teníamos idea de como era un velódromo pero si imaginándonos una competencia de "persecución individual" con un contrincante a cada lado opuesto de la cuadra y así era "la carrera". El que llegara al otro lado primero era el ganador!
Creo que esto fué alrededor de los 5 o 6 años de edad no estoy muy seguro, pero era edad de triciclo!

Algo que recuerdo vívidamente fué el asistir al evento importante en aquella época de infancia de ver pasar la llegada a Bogotá de "La Vuelta a Colombia". Tampoco estoy muy seguro de qué edad tenía, pero si recuerdo ser tan pequeño como para "colarme" en medio de las piernas de los adultos para poder ver pasar los ciclístas y principálmente "El Líder" que se distinguía por portar la camiseta de "El Tricolor" Colombiano! Recuerdo que la llegada de La Vuelta era por la Autopista del sur, frente a la Escuela de Policía y a este evento asistía tanta multitud, que ponían kilómetros enteros de manila con policías para controlar el público!

2. Cómo llegaste a convertirte en ciclista y quien o quienes te patrocinaban?

Fué bien difícil desde el comienzo porque aunque tenía el deseo de andar en bicicleta para arriba y para abajo, no tenía una bicicleta; pasé varios años anhelando tener una. Fue ya cuando tenía como unos 16 años que mi hermano mayor compró una para él. Poco a poco me la fué prestando y cediéndomela. Así empecé a salir a la carretera y a sentir la sensación de "entrenar"
Mi primera carrera fué precisamente en el barrio, en Muzú; de vez en cuando hacían un circuito, no tenía implementos ni equipo adecuado, pero fué muy chevere!
Fuí conociendo y buscando vincularme más en serio al deporte. Conocí algunos verdaderos ciclístas que me sirvieron de ejemplo a seguir; me dí cuenta que el camino era un club ciclístico afiliado a una liga de ciclismo tal como ellos. Así fué como conocí gente vinculada a la liga de ciclismo de Bogotá y empecé a asistir al velódromo "Primero de Mayo". Allí logré integrarme a un sistema específico de entrenamiento en pista con director técnico y la posibilidad de aprender con una buena orientación .


Henry Fernando Diaz

Empecé a correr en pista y en ruta pero no tuve ningún apoyo para competir. Se necesitan materiales como tubulares y otros elementos necesarios en competencia. Había que correr sin ningún tipo de acompañamiento para bebidas o ruedas de repuesto, alimentación en competencia y fuera de ella! Así duré insistiendo y tratando de conseguir apoyo para seguir adelante pero no fué posible! Después me fuí para USA y allí seguí entrenando y corriendo en la USCF. Allá encontré apoyo a nivel de club local y estatal pero también es más costoso por que se necesita viajar a los eventos en diferentes estados y ciudades.


Henry Fernando Diaz

3. Cuando te iniciaste en el ciclismo, a quien o a quienes admirabas?

Cuando comencé a verme con la posibilidad de "ser" un ciclista yo ya sabía la historia de muchos ciclístas porque desde niños jugábamos a la Vuelta a Colombia con tapas de gaseosa representando a los equipos de los diferentes departamentos en los sardineles de la calle donde vivíamos. Sabía de las historias de Alvaro Pachón, Miguel Samacá, Rafael Niño, Martín "Cochise" Rodriguez, etc.
Admiraba a José Patrocinio Jiménez y empecé a leer la revista "Mundo Ciclístico" dirigida por Héctor Urrego, que salió por primera vez. Conocí y reconocía cuando lo veía pasar por el barrio a Rigoberto Ramírez que vivía en La Alquería y después fue líder en La Vuelta a Colombia y terminó de 7 en la Clasificación general de 1977 y Campeón Novato corriendo por "Ferretería Reina". Conocí a Rafael Toloza, su hermano Ramón, Argemiro Bohórquez, Francisco Rodríguez y entrenaba con ellos y a veces coincidíamos en algunas competencias por que había 2 ligas de Ciclismo, la de Cundinamarca y la de Bogotá a la cual yo pertenecía. Tuve como entrenadores de ruta a Jorge Luque y de Pista a Jorge Tenjo, quien después fue el director técnico del equipo de Colombia de "Pilas Varta" que fue a correr por primera vez El Tour de Francia.


Cortesía de Ruben Marulanda

4. De qué manera el ciclismo transformó tu vida?

El ciclismo transformó mi vida en varios aspectos, principalmente en el aspecto de la disciplina para realizar sacrificios en cuanto esfuerzo físico a sabiendas que estos producen resultados de mayor rendimiento.
También me ayudó a tener una ilusión, un sueño que a esas alturas de la vida para muchos Colombianos son escasos.
Finalmente aprendí a amar un deporte por su esencia de libertad, de conocer lugares, montañas y disfrutar de los paisajes de diferentes regiones.





Henry Fernando Diaz


5. Cual es el recuerdo más triste y el más alegre de tu experiencia ciclística?

El recuerdo más triste creo que fué después de dos preselecciones, una para participar en el campeonato nacional de pista y otra para la vuelta de la juventud, a las cuales no había podido asistir por bronquitis; en un tercer intento por participar en un evento nacional como la vuelta de la juventud, me encontraba en un buen nivel entrenando en la Liga de Bogotá con Jorge Luque, apodado "El Aguila Negra" como director técnico y llegado el momento de la carrera no encontré a nadie que me apoyara con el llamado "Patrocinio"
El más alegre creo que fueron bastantes disfrutando de carreras y entrenamientos pero podría destacar el hecho de haber logrado competir en las carreras de la USCF (United States Cycling Federation) a un nivel de Primera categoría. El tipo de carrera es muy rápido y más para el biotipo de "pacista" pero eso era lo que tocaba correr en La Florida.




Henry Fernando Diaz

6.Qué le recomendarías a un muchacho joven que se interese por el ciclismo?

Para recomendar a los muchachos que se interesan en el ciclismo los más importantes serían dos aspectos: uno cuestionarse si en realidad les gusta el deporte tanto como para hacer la clase de sacrificios que requiere éste, uno de los deportes más duros en cuanto a esfuerzo físico.
Dos sería el aspecto que tiene que ver con el desarrollo del deporte en la base, las ligas de ciclismo nacionales; toca vincularse, integrarse y hacerse al mérito para que lo "incluyan" dentro de las selecciones deportivas, a sabiendas de que, como todo en Colombia, hay influencias, preferencias y roscas dentro de las respectivas ligas departamentales y locales.



Ruben Marulanda


Carlos Alberto Galindo Parra

Como información creo que en el barrio hubo grandes deportistas como lo fueron los hermanos Ramón y Rafael Toloza quienes tuvieron bicicletería en la Alquería; por lo que me cuenta mi padre creo que también vivió el famoso Luis H Diaz quien hoy vive en Cali; el novato de la Vuelta a Colombia Rigoberto Ramirez, el señor Eli Forero quien también fue un gran fondista y varias veces campeón de las metas volantes en el Clásico RCN y Vuelta a Colombia. Bueno entre otros y no olvidar a sus hermanos Henry y Rodrigo, buenos pisteros junto con Ismael Castillo.

Henry F Diaz
Tiene razón en algunas cosas, pero el que vivió en Muzú no fué Luis H Díaz sino Jairo Díaz velocista y pistero; también yo conocí a los hermanos Rafael y Ramón Toloza, pero no sabía que estuvieron en La Alquería. Yo los conocí en la carretera y vivían en Kennedy. 

Fernando Parra Garzón

Anécdota: Recuerdo tener prestada una bicicleta de carreras, creo yo de buena marca, no se, nunca he sido fanático del ciclismo. Un día salimos con algunos duros de la bici en Muzú, como Carlos Galindo, Avendaño, los museños y el "Indio" (nunca supe su nombre) entre otros; la salida fue por la autopista del sur con destino hasta el Alto de Rosas y regreso al barrio. El Indio tenía una bicicleta panadera sin frenos y a punto de desbaratarse de lo vieja y yo con mi flamante bicicleta lo miré por encima del hombro (lo digo en buenos términos). A pesar de todo y por más que me esforcé, en esa dura jornada para mi, y pedaleando con el alma ¡Nunca! pude alcanzar al Indio y su destartalada bicicleta, pues él era mi consuelo en la carrera con respecto a los otros competidores que eran duchos en esa actividad mientras yo salí ese día en plan de recreación y no como deportista. Por supuesto, llegué de último al barrio, y Carlos Galindo, ya bañado, cambiado y hasta afeitado, además tomando Coca-cola en la "Pacho", con el resto de competidores, me dijo textualmente: "Le saqué 2 horas 45 minutos y 36.45 segundos". El Indio sacó pecho, respiró profundo y me miró por encima del hombro. Hasta ahí llegó mi carrera ciclística, es decir, el mismo día que comenzó. Días después supe que el Indio había llegado entre los primeros, pues no era ningún pintado en la pared en materia de la práctica del ciclismo, lo que sucedía es que no tenía bicicleta adecuada para competir y Avendaño llegó un poco antes que yo lo hiciera y en ese tiempo Avendaño ya estaba de retirada por su edad, es decir, ni siquiera pude con un abuelo. Después de mas o menos quince días me recuperé de mi adolorido y maltrecho cuerpo y nunca más volví a montar la bici, excepto para ir a la ciclovía los domingos.

Gloria Martinez 

Lo que puedo aportar como anécdota es que mis hermanos y amigos jugaban al frente en la bahía alrededor del sardinel con las latas de cerveza y les colocaban cáscara de banano y las pintaban de colores y las hacían correr empujándolas con las manos diciendo que eran carreras de ciclismo colocaban premio de montaña; señalaban cuando iniciaban en fin eso formaban equipos y se escuchaba la algarabía de los gritos de ellos. Era hasta divertido verlos jugar desde nuestra ventana, a mí me gustaba.


Ruben Marulanda

Cerramos esta crónica, rindiéndole un tributo a Ramón Hoyos Vallejo, "El Escarabajo", cuyo apodo, heredaron los ciclistas colombianos. Fue quizás la primera figura deportiva destacada que tuvo el país, penta-campeón de la Vuelta a Colombia. Destacó siempre en los escenarios internacionales en los que participó. Murió a los 82 años el  pasado 19 de Noviembre de 2014.



Ramón Hoyos Vallejo



sábado, 15 de febrero de 2014

Secretos de amor




"El recuerdo es una manera de encontrarse" – Khalil Gibran




Resulta bastante divertido cuando uno se reúne con un grupo de amigos de vieja data y por alguna anécdota que surge, empiezan a aparecer revelaciones y confesiones de amores insospechados de infancia y adolescencia.  Esos íntimos secretos que manteníamos tan bien guardados o ya casi olvidados, cobran una nueva dimensión y descubrimos que todos en alguna medida hemos vivimos situaciones semejantes, porque ese historial de experiencias que tuvimos durante nuestros primeros años, constituye el inicio del camino que recorrimos para aprender a relacionarnos unos y otros y descubrir el verdadero amor.





Ya en otra oportunidad, cuando hice público "El secreto de Hugo", comencé a desempolvar esas viejas historias de mis amoríos y ahora regreso con una que otra historia más, que para muchos no debe tener el más mínimo interés, pero que sin duda, les hará recordar a ese o esos personajes de la infancia y/o adolescencia, que en su momento, nos hicieron lanzar suspiros mientras mirábamos la luna y las estrellas.





Todos experimentamos y recordamos seguramente, esa etapa de nuestra niñez en la que nos disgustaba abiertamente jugar con nuestros pares de sexo opuesto. Los niños detestaban los juegos de las niñas y visceversa. Cada grupo iba por su lado y una que otra vez, en un grupo de niños se colaba una niña a quien le gustaba participar en algunos de sus juegos. Yo fuí una de ellas. No había para mí más emoción que poder encaramarme a la tapia de la casa, o trepar por ese tronco de un viejo pino que creció durante unos cuantos años en el centro del parquecito de nuestra cuadra. También disfrutaba mucho las vueltas a Colombia con latas de gaseosa o cerveza por entre los sardineles de las calles aledañas, o las barras, cuyo juego consistía en seguir al líder del grupo, haciendo los saltos, piruetas y volantines que éste sugiriera para el grupo. Todos los juegos que implicaran destreza física, me fascinaban, aunque me dijeran y me censuraran muchas veces porque se suponía que éstos eran sólo juegos de niños. Aparte de estos momentos esporádicos en que nos juntábamos con los niños, la cercanía a ellos era rara; sin embargo, no era extraño que en esos ires y venires del colegio a la casa, o de ésta a la iglesia, o a las tiendas, inesperadamente surgiera algún muchachito o muchachita de la que quedábamos prendados.



Ensayábamos el juego del amor y de un día de "noviazgo" declarado, aunque a veces el otro ni lo supiera, al día siguiente pasábamos a considerarlo persona no grata y a romper súbitamente ese vínculo afectivo que habíamos establecido el día anterior. ¿Cuántos novios o novias secretas tuvimos? ¿Cuántas veces fuimos capaces de declarar nuestros amores?        Algunos eran más atrevidos o más valientes. Menos introvertidos, o más descarados. No sé como pudiera llamárseles. Existía además, para nosotras las niñas, casi una prohibición, porque no era frecuente, como ocurre hoy en día, que una niña hiciera una manifestación explícita de sus afectos a un niño. Ni más faltaba! hubiera dicho mi abuela. Eso de ir diciéndole al primer aparecido que le gustaba, y mucho menos preguntarle si quería que fueran novios, no era una conducta apropiada para una niña. Había además que conservar ciertas costumbres que indicaban que sólo se podía hablar de noviazgos, cuando se estuviera lo "suficientemente" grande siempre y cuando los padres lo autorizaran. Así por lo menos ocurrió en mi casa y en la de algunas de mis amigas. Había padres mucho más modernos y liberales, que no le ponían mucho problema a ésto y seguramente los hijos de ellos tuvieron menos dificultades para relacionarse como adultos.

En mi casa la ley era muy estricta. No teníamos nada que estar haciendo con los niños y si jugábamos en un espacio diferente a nuestra casa o al jardín de enfrente, tenía que ser donde estuviéramos a la vista de los adultos. Según mi papá, quien era el que ponía las reglas, sólo nos permitiría tener novio, una vez termináramos nuestros estudios universitarios!!!!! Si por él hubiera sido, nos hubiéramos quedado para "vestir santos" como se decía entonces. Tuvimos pues que ser del grupo de las transgresoras, desde que nuestro corazón y nuestras hormonas empezaron a causarnos dolores de cabeza.

Nuestro mayor "roce social" se producía en las famosas novenas bailables decembrinas, de las que ya hemos hecho historia. Así pues, esta época era muy deseada por nosotras, porque era la única ocasión en que podíamos echarnos nuestra bailoteada, pisándole los zapatos a nuestros mas diestros parejos de baile.  A pesar de tanta restricción, había algunas otras ocasiones sobre las cuales los padres no tenían mucho control y así pasaban desapercibidas esas oportunidades que se nos presentaban de ir haciendo nuestras elecciones de novios imaginarios y sentirnos halagadas u ofendidas por las aspiraciones de algunos de nuestros admiradores del momento.





Mi primer desencanto quizás, que yo recuerde, ocurrió durante unas vacaciones. Dos días después de habérsenos permitido jugar afuera de la casa, en el parquecito del frente con los niños vecinos, surgió un inesperado admirador. Yo noté que él iba y venía por el frente de mi casa como buscando algo. "Buscando lo que no se le ha perdido", hubiera dicho de nuevo la abuela. Pero no; él estaba buscando la manera de hacer posibles sus fantasías amorosas. Da risa recordarlo, pero la suya consistía en ir a pegarse de la puerta de entrada de mi casa y por entre la rendija, entonar su canción de amor: "Ojos tapatíos". Alcanzó a empezar...."No hay ojos mas lindos en la tierra mía..." cuando apareció por ahí la abuela o alguien diferente a la inspiradora de su fantasía y eso bastó para que el pobre muchachito saliera a perderse. Hizo como éste, varios intentos infructuosos y todas las veces, la "serenata" quedó en mitad de camino.  Días después, tuvo una mejor idea. Nuevamente volví a verlo merodeando los alrededores de la casa y en un momento de descuido de mi mamá o de la abuela, las únicas adultas que permanecían en la casa durante el día, ví que con movimientos rápidos se acercó a un hueco que recientemente habían hecho en un vidrio de la ventana cercana a la escalera y por allí metió un paquete que resultó ser una caja de pañuelos bordados o pintados, con una tarjetica con el nombre mío, escrito con esa letra medio ininteligible que tiene uno todavía cuando está en segundo o tercero de primaria y que a veces se queda así de por vida. No alcancé a disfrutar ni a ver en mayor detalle el presente que apenas caía en mis manos y del que a duras penas pude ver mi nombre chapuceadamente escrito, cuando sentí la mano de mi mamá que me rapaba el paquete. Ella, sin duda, se había dado cuenta de los sospechosos movimientos del pequeño galán y una vez rescató la caja de mis manos, le dio la orden a mi hermano mayor: "Vaya entréguele esto a ese muchachito (su nombre no lo menciono para no herir susceptibilidades) y dígale que sus hermanas sólo reciben regalos de su papá y su mamá. Yo quedé inmóvil con mi ilusión de tener los bonitos pañuelos, mientras observaba aún más frustrado que yo, a mi pobre aspirante a galán quien recibía la devolución de su regalito que, vaya uno a saber con cuánto esfuerzo, había preparado. Anduve por unos pocos días ilusionada con los pañuelitos, más que con mi admirador y luego olvidé casi por completo el incidente; pero descubrí a partir de entonces, que me gustaban los niños y que experimentaba cierta atracción especial por uno que otro de ellos. 




Hubo unos cuantos juegos de esos que jamás llegaron a historias de amor, pero que siempre se recuerdan con alegría como cierta ocasión que sí quedó grabada en mi memoria, quizás por la situacion misma que impidió que el final de la historia llegara de una forma menos abrupta. Todo surgió de repente, tal como concluyó. Este era un muchachito rubiecito, cari bonito de apellido Aristizábal. Su familia era paisa; con ese apellido, ¿de dónde mas podría ser? debía vivir cerca de los segundos bloques o de Monte Blanco; nunca supe a ciencia cierta cuál era su casa. Así como apareció de la nada, un día se esfumó. Era compañero de colegio de mi hermano mayor y empezó a frecuentar mi casa por el asunto de las tareas y esos pretextos que uno inventaba para verse con los amigos. Los dos eran alumnos del Parroquial. Aquello fue amor a primera vista! A mí me gustó desde el  primer día que lo ví y creo que a él le ocurrió algo semejante. Cruzamos unas pocas tímidas miradas y él empezó a ir a la casa con más frecuencia; ambos nos saludábamos sin poder evitar ese rubor que mutuamente nos delataba. Qué candor y qué inocencia la de esos tiempos!!! Después si se atrevía a preguntarme dos o tres cosas más, nuestra "amena conversación" era de inmediato interrumpida por mi hermano, que se iba con él por ahí a callejear. Nuestro "idilio" duró muy poco. Un buen día, me contó que se iba. Casi me desmayo con la noticia. Su familia lo enviaba a estudiar interno y de paso, me dió la dirección del lugar a donde iba a estar: Seminario Menor San Alberto Magno, Sonsón, Antioquia. Quizás él se iba ilusionado con que con esa información yo le escribiría, o eso fue lo que yo quise creer. No alcancé a preguntarle nada más. Se despidió de mí con una tristeza que yo percibí en su lánguida mirada y yo, con mi corazón arrugado, quedé como si me hubieran dado un baño de agua helada. Pasaron días y días de esas que para mí resultaron interminables vacaciones y todas las tardes trataba de inventar un plan para volver a verlo. Después de verme frustrada por la impotencia que la situación me producía, decidí hacerle un dibujito que copié del libro de Cuentos Pintados de Rafael Pombo; no recuerdo una jota de lo que le escribí. Era muy tímida como para hacerle declaraciones de amor, pero con las dos o tres frases que logré hilvanar, debí pretender darle una pista del destrozo que en mi corazón había ocasionado su partida. Con el escaso dinero de mis onces y en una rápida escapada a la oficina de correos, ahí en el segundo piso del primer bloque de tiendas, puse mi carta con las indicaciones que él me había dado.




Años más tarde, siendo ya adolescente, visitando a una amiguita del  colegio, pese a las prohibiciones de mi  papá, tuve un tropezón con uno de sus hermanos. Este fue otro amor a primera vista, pero en este caso, el enamoramiento fue de los suéteres! Después de ver el closet donde los mantenía muy ordenados y apilados, quedé absolutamente prendada!  Ni siquiera cruzamos tres palabras además del hola del saludo, pero inmediatamente, gracias al atractivo mencionado, me declaré enamorada. Nunca supe como fue el click de él hacia mí. Salimos a vacaciones, él siguio con su familia y yo con la mía. Yo regresé de unas vacaciones en Ibagué y empecé a intercambiar correspondencia con una prima con quien nuestras confesiones de amores prohibidos habían empezado a fluír. Un buen día, mi papá detectó la correspondencia secreta que yo mantenía bien escondida en el fondo de la maleta y mi "amor secreto" se hizo vox populi. Mi papá furibundo me sentó en confesión y tuve que mentirle, obviamente y asegurarle que era un invento para impresionar a mi prima y que yo no tenía novio, ni conocía a ningun niño llamado Fulano. En parte mi mentira era verdad. Yo no conocía nada de este muchachito, excepto que era el hermano de mi amiguita del colegio, que usaba suéteres lindos y que estudiaba en el mismo colegio donde estudiaba mi hermano mayor. Jamás volvimos a vernos, pero entre su hermana y su prima que actuaron como celestinas para llevar y traer una correspondencia de noticas de amor semana tras semana, este extraño romance se prolongó por el resto del año escolar. 



A través de estos juegos inocentes poco a poco íbamos iniciándonos en el mundo de las relaciones interpersonales y aprendiendo a reconocer nuestras propias emociones. Cuándo llegaría el verdadero amor? Y qué era entonces el amor? No lo sabíamos a ciencia cierta. Nuestras hormonas y nuestros cuerpos iban cambiando día por día y de la misma manera ibamos experimentando sensaciones y emociones que para uno eran difíciles de digerir en aquellas épocas. Hasta que llegó el amor a mi vida!!!  Ya había escuchado decir a algunas de mis compañeras de colegio que habían encontrado al amor de sus vidas…y yo qué? El mío no aparecía. Hasta que el día llegó una tarde cualquiera, cuando a través de la ventana abierta del segundo piso de mi casa, repentinamente cayó una caja de fósforos que parecía vacía. Había alcanzado a ver quien la lanzaba, pero desconocía los motivos. En estos tiempos, se habrían podido tejer siniestras especulaciones alrededor del contenido de la caja, pero no en aquel entonces; dentro de ella venía una pequeña nota con una declaración de amor!!! Una vez leí el mensaje, supe que quien la había lanzado, no era el remitente sino un simple intermediario y era evidente que el emisario realizando su labor de inteligencia paso a paso, se había percatado de mi presencia cerca de la ventana y esperaba que fuera yo quien la recogiera, como efectivamente sucedió. Sin pensarlo dos veces, dí respuesta inmediata, un simple sí, con el que daba por identificado al amor que por fín tocaba las puertas de mi corazón. Aquel fue un amor hermoso y aunque todavía infantil, estuvo lleno de gratos recuerdos y de momentos que no se pueden olvidar. Como olvidar por ejemplo, esas largas noches de espera aguardando somnolienta a que mis padres se durmieran y que mi hermana, con quien compartía habitación  también cayera profunda en brazos de Morfeo, para poder abrir sigilosamente la ventana de nuestro cuarto, cerca de la medianoche, cuando mi noviecito regresaba de sus clases y andanzas nocturnas; un silbido suyo era la señal inequívoca y yo saltaba a la ventana entreabierta para dejar caer lentamente una cuerda a la que iba atada una notica llena de unas cuantas frases empalagadas de promesas de amor eterno que yo le escribía en las tardes, y esperaba la correspondiente respuesta suya. El se marchaba luego para su casa y yo quedaba con el corazón henchido de amor después de leer sus notas. Esos momentos y esas emociones que los acompañaban, me animaban a levantarme al día siguiente, para ir al colegio a soportar las tediosas clases de cálculo, física, química y demás asignaturas e inspirarme no sólo en la escritura de las nuevas notas, sino para diseñar las estrategias para evadir la autoridad paterna y poder verme con él aunque fuera unos minutos diarios antes de que entrara a su colegio y yo saliera del mío. Así mismo planeaba los encuentros de fín de semana sin que mis padres sospecharan de mis voluntarias y prestas salidas a misa. Como olvidar los esfuerzos para hacerme a unos pocos pesos con los cuales sufragar el costo de mi regalo para su cumpleaños, o el del día del amor y la amistad reuniendo centavos de mis onces, o inventando trampas para aumentar el precio de algún texto que había que comprar, o alguna cuota extraordinaria en el colegio. Si de las 24 horas del día, las 16 o más de la vigilia eran ocupadas en toda clase de pensamientos idílicos, cómo no iba a llamársele a aquello verdadero amor??? 




Fue con el pasar de los años que comprendí que en realidad esos primeros amores habían sido tan auténticos y verdaderos como otros que se experimentaron en la adultez, aunque con muchos más ingredientes y que todas esas memorias conformaban un caudal de recuerdos afectivos que ahora en esta tercera edad, se convierten en tesoros invaluables de la infancia que me complace compartir con ustedes mis amigos, en un intento por prolongarles la vida un poco más allá de mis recuerdos…